GILLES DE RAIS, EL PRIMER ASESINO EN SERIE DE LA HISTORIA

A Gilles de Rais (un noble francés) se le considera el precursor moderno del término "Asesino en serie". Antes de que comenzara su masacre, corrió como un capitán militar a la cabeza del ejército de Santa Juana de arco: aunque es poco probable que ella le conociera. Fue acusado y condenado en última instancia de torturar, violar y asesinar a decenas, si no cientos de niños, principalmente varones.

Según los supervivientes de sus hechos, Rais atraía a los niños, principalmente varones de rubios cabellos y ojos azules (como el había sido de niño), a sus residencias, donde violaba, torturaba y mutilaba,
a menudo eyaculando sobre la víctima agonizante. Él y sus cómplices, a continuación, juntaban las cabezas cortadas de los niños a fin de juzgar cual era mas bella. Se desconoce el número exacto de víctimas del Rais porque la mayoría de los cuerpos fueron quemados o enterrados. El número de asesinatos por lo general se sitúa entre 80 y 200. Algunos han conjeturado números sobre 600. Las víctimas oscilaban entre 6 y 18 años de edad e incluyen ambos sexos. Aunque Rais prefirió a chicos, también elegía niñas si las circunstancias lo exigían.

En la transcripción del juicio, uno de los funcionarios de Gilles Henriet (cómplice de sus crímenes) describió las acciones de su maestro, que eran esencialmente lo que leerás a continuación:
Gilles
Henriet pronto empezó a recoger a los niños de su maestro y estaba presente mientras él les masacraba. Invariablemente fueron asesinados en una habitación de Machecoul. El Mariscal solía bañarse en su sangre; y experimentaba un intenso placer viéndolos agonizar. Pero su gran pasión era la sangre. Sus siervos apuñalaban a los niños en la vena yugular y dejaban que la sangre se virtiese sobre él. La sala estaba a menudo llena de sangre. Cuando se hizo el acto horrible, y el niño estaba muerto, el Mariscal se llenaba de dolor por lo que había hecho y se arrojaba llorando y rezando en una cama o se ponía a recitar oraciones fervientes y letanías de rodillas, mientras sus sirvientes lavaban el piso y quemaban en la enorme chimenea los cuerpos de los niños asesinados. Con los cuerpos se quemaban también la ropa y todo lo que había pertenecido a las víctimas. Un olor irrisorio llenaba la sala, pero el Mariscal gozaba de la inhalación de este olor con deleite.

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